Las causas que se aludÃan como determinantes para llegar a tales conclusiones eran principalmente dos: la insostenible sobreexplotación humana de los recursos del planeta y la cada vez mayor desigualdad social existentes entre ricos y pobres. (1)
Más allá de analizar la gravedad de esta predicción, me gustarÃa hacer notar que los dos motivos que, según estos investigadores, podrÃan acabar provocando el derrumbe de nuestra civilización son precisamente dos de las más claras caracterÃsticas que posee el sistema capitalista: una insensibilidad total hacia la sostenibilidad ecológica del planeta y una abrumadora despreocupación hacia la (des)igualdad y la (in)justicia social.
En consecuencia, y como se verá en mayor profundidad en las lÃneas que siguen, no resultarÃa demasiado descabellado afirmar que el capitalismo es, a dÃa de hoy, una de las mayores amenazas que se ciernen sobre la continuidad de la cultura humana en el planeta Tierra.
Evidencias de un sistema insensato
En las sociedades modernas de hoy en dÃa nos hemos acostumbrado a asociar el poder adquisitivo con la capacidad de alcanzar una vida feliz. Es decir, se asume que, más que menos, nuestro nivel de renta determina la felicidad que podemos llegar a alcanzar en nuestra vida (o, como se suele decir, que el dinero da la felicidad).
Esta engañosa forma de concebir la vida (basada en los aspectos materiales y monetarios como medida a través de la cual lograr una vida buena) representa, probablemente, la mayor herramienta moral que posee el capitalismo en la actualidad. Sin embargo, y como veremos a continuación, esta concepción ofrece al menos dos evidencias que la hacen insostenible.
I) La evidencia social
Desde el punto de vista social, el capitalismo es insostenible en tanto en cuanto promociona una sociedad global de poseedores y desposeÃdos en la que el sobre-consumo innecesario de unos pocos se produce a costa de las carencias vitales de la mayorÃa. Y es que una de las caracterÃsticas que ha demostrado tener el capitalismo moderno es la construcción de sociedades en las que tienden a crecer las desigualdades sociales (lo cual sucede tanto si pensamos a una escala planetaria, a nivel de paÃses, como si lo hacemos dentro de un mismo paÃs bajo el prisma, cada vez más simplificado, de clases).
Paralelamente a esta estratificación económica de la sociedad en dos claros grupos (unas élites muy ricas y unas masas pobres), el capitalismo no ha logrado tan siquiera cumplir su clásica promesa de traer la felicidad a un creciente número de personas. Son cuantiosos los estudios que en este sentido han cuestionado rotundamente el axioma tan fuertemente instaurado en el ADN capitalista, y en el imaginario colectivo, de que el dinero da la felicidad. Estos estudios vendrÃan a mostrarnos cómo la correlación entre los ingresos y la satisfacción con la vida sólo se mantiene en etapas tempranas, cuando el dinero es usado para cubrir las necesidades más básicas. A partir de este punto entrarÃamos en una situación de “comodidad” en donde más dinero ya no significa necesariamente más felicidad. Es más, una vez ha sido alcanzada esta situación, seguir buscando obstinadamente el crecimiento económico (en el plano macro) y el aumento de la renta y el consumo (en el plano micro) puede resultar incluso contraproducente, pues tiende a hacernos descuidar otros aspectos de nuestra vida (intangibles pero igualmente esenciales para la felicidad) como las relaciones sociales o el buen uso del tiempo. (2)
Asà pues, parece claro que el capitalismo es un sistema que chirrÃa tanto con la justicia social como con la felicidad humana. Como pusieron de manifiesto hace unos años Richard Wilkinson y Kate Pickett (en su magnÃfica obra Desigualdad: Un análisis de la (in)felicidad colectiva), estas dos cuestiones (justicia social y felicidad humana) son dos asuntos Ãntimamente relacionados. Parece ser que las desigualdades sociales tienden a hacernos más infelices: en aquellas sociedades en donde son mayores los niveles de desigualdad, mayores son también los niveles de infelicidad. (3)
De todo esto se puede extraer la acertada conclusión de que una sociedad preocupada por maximizar sus niveles de felicidad deberÃa ser una sociedad centrada en rebajar al mÃnimo sus niveles de desigualdad (lo cual, dicho sea de paso, parece una tarea incompatible con las actuales polÃticas de desarrollo occidental). Por ello, como sostiene Jorge Riechmann en su libro ¿Cómo vivir? Acerca de la vida buena, el capitalismo es “un enemigo declarado de la felicidad”. Y por esta misma razón “los partidarios de la felicidad humana no pueden ser sino anticapitalistas”.
II) La evidencia ecológica
Por otro lado, el axioma del crecimiento indefinido que el capitalismo defiende, a la vez que (como hemos visto) un sinsentido social, es una inviable biofÃsica. La constante demanda de materiales y energÃa que conlleva una economÃa como la que tenemos no puede mantenerse de forma indefinida en el tiempo sin acabar chocando con los lÃmites biofÃsicos de nuestro planeta; un lugar éste, no lo olvidemos, finito y acotado. Este hecho, a pesar de ser firmemente ignorado por los economistas convencionales y por la inmensa mayorÃa de los polÃticos, constituye una realidad absolutamente incontestable, tal y como nos enseña la segunda ley de la termodinámica. Se podrÃa afirmar, por lo tanto, que el capitalismo es, desde el punto de vista ecológico, biofÃsico y termodinámico (desde el punto de vista cientÃfico al fin y al cabo), un sistema imposible abocado al desastre.
Es por razones como ésta que en polÃtica y en economÃa, al igual que sucede con el resto de aspectos de la vida, se hace imprescindible poseer un mÃnimo de cultura cientÃfica para poder ejercer como ciudadanos responsables y comprometidos (o lo que es lo mismo a efectos termodinámicos, para acomodar nuestro comportamiento a los lÃmites biofÃsicos del planeta).
Me resultan muy interesantes en este sentido las sabias palabras de Wolfgang Sachs, quien sostiene que, en el futuro, el planeta ya no se dividirá en ideologÃas de izquierdas o de derechas, sino entre aquellos que aceptan los lÃmites ecológicos del planeta y aquellos que no. O dicho de otro modo, entre aquellos que entiendan y acepten las leyes de la termodinámica y aquellos que no. No se trata por lo tanto de arreglar o refundar el capitalismo (como algún polÃtico sostuvo hace no mucho) sino de entender que nuestro futuro como especie en este planeta será un futuro no-capitalista o, sencillamente, no será.
Hacer comprender al común de los mortales que la esfera económica no puede crecer por encima de la esfera ecológica (al menos no sin comportarse antes como un cáncer) es, por sencillo que pueda parecer de entender, uno de los mayores desafÃos a los que se enfrenta la ciencia y la educación del nuevo milenio.
Sin embargo, esta cuestión de las esferas concéntricas, cual muñecas rusas, y de los lÃmites del planeta es (pese a los reiterados mensajes ilusorios en pro del gasterÃo insensato que el capitalismo se empeña en difundir) un asunto sencillo de concebir para todas las personas. Y aquà reside, precisamente, nuestra esperanza: la esperanza de un cambio social en aras de poder alcanzar otro mundo posible, más justo y sostenible.
Como argumentaba recientemente Juan Carlos Monedero, es mucho más factible hacerse anticapitalista a dÃa de hoy desde posiciones ecologistas que desde posiciones marxistas. La inviabilidad de un sistema que aboga por el crecimiento constante en un mundo que es limitado es algo mucho más fácil de comprender para la gente normal que la tendencia descendente de la tasa de ganancia o el fetichismo de la mercancÃa de la que nos hablaba Marx.
Por lo tanto, y a modo de corolario, urge entender que ser anticapitalista a dÃa de hoy no es ya una cuestión de ecologistas o de marxistas aislados, sino que es algo de sentido común; algo directamente relacionado con la lógica de supervivencia. Esperemos que este asunto sea entendido, más temprano que tarde, por la inmensa mayorÃa de individuos que pueblan la Tierra hasta convertirse en una evidencia popular. Nuestra continuidad sobre el planeta y nuestra felicidad de ello dependerán.
Notas:
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Motesharrei, S., Rivas, J., & Kalnay, E. (2012). 27/093/A Minimal Model for Human and Nature Interaction.
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Para profundizar algo más sobre este tema se recomienda leer este artÃculo.
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La obra de Wilkinson y Pickett (2009) muestra minuciosamente como el incremento en las desigualdades tiene significativas repercusiones negativas sobre otros aspectos de la vida que afectan directamente al bienestar y a la felicidad. Tal serÃa el caso de la educación, la esperanza de vida, la mortalidad infantil, la incidencia de enfermedades mentales, el consumo de drogas, las tasas de obesidad y sobrepeso o el número de homicidios; variables todas ellas que presentan peores valores en aquellos lugares en donde mayor es la desigualdad.
Mateo Aguado–Laboratorio de Socio-Ecosistemas-Univ. Autónoma de Madrid
ArtÃculo publicado en www.vientosur.info







