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Aparentando que el objeto de preocupación son los trabajadores, defienden unas pensiones privadas que no le cuestan nada a la empresa

Pensiones públicas o privadas


Preciado discurso éste de los políticos conservadores y algunos economistas en favor de los planes de pensiones privados. Lástima que cada uno de sus argumentos sea susceptible de réplicas que los invalidan.


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Esgrimir el probable derrumbe del sistema público de pensiones constituye una de sus bazas preferidas. Fingen que les alarma el futuro de los trabajadores, ya que no podrán percibir su seguro de vejez debido a que los jubilados sobrepasarán en número a los cotizantes en activo. Gracias. Pero si semejante coyuntura se hiciera realidad, para eso están los impuestos que el Estado recauda por otros medios y cuya distribución debería, debe, ser democráticamente determinada.
Declaran, por otra parte, que los herederos de quienes han estado cotizando tienen derecho a disponer del dinero ahorrado que esto representa. Sofisma que confunde a sabiendas un montante en efectivo con una renta vitalicia, la cual está sujeta a las fluctuaciones de la vida y la muerte, esta que ningún ser humano puede controlar. Un trabajador puede morir a los 65 años o a los 80 e incluso más tarde. En esta última eventualidad, si es pensionista público no le faltará el sustento, puesto que no habrá agotado su dinero líquido. Y es precisamente en este punto donde los adalides de las pensiones privadas se callan otra verdad flagrante: que éstas no están sujetas a la revisión anual según el IPC, al contrario de lo que ocurre con el sistema público. ¿Se imaginan ustedes la miseria mensual que le correspondería a un jubilado sin otros ingresos y cuya pensión no hubiera sido incrementada a lo largo de los años, fueran 15, 20 o más? Para los que gozan de otras rentas tamaña evidencia puede carecer de importancia, pero el caso es que la seguridad social se inventó justamente para proteger a los menos favorecidos.
Al mismo tiempo, el susodicho discurso neoliberal oculta otro rasgo del sistema público de pensiones: que los empresarios también cotizan. Y ahí es donde duele el zapato, aunque en los alegatos se guarden bien de mencionarlo. Aparentando que el objeto de preocupación son los trabajadores, defienden unas pensiones privadas que no le cuestan nada a la empresa y cuyo resultado final sería que cualquier jubilado o jubilada se las comería a medida que se hiciera mayor, cada vez con menos abundancia y hasta la inanición.
Por lo demás, y finalmente, también se omite -y hemos de suponer, aunque nos duela, que se hace con mala intención- que en las cotizaciones de la empresa y los trabajadores a la seguridad social va incluida la cobertura sanitaria, la baja por enfermedad y el permiso por maternidad. Que no son regalos magnánimos del sistema, sino derechos de quienes constituyen una parte esencial del régimen productivo y reproductivo de la sociedad.
Dejemos que la economía de mercado florezca y haga su camino, y permitamos que los trabajadores, autónomos o empleados, hagan el suyo. Que produzcan valor añadido, de acuerdo, pero que les dejen envejecer con seguridad. Y una observación: la gente corriente no tendrá relevancia política, puestos directivos o cátedras prestigiosas, pero en cuanto a idiota, no lo es.
E. SOLÉ, socióloga y escritora

La Vanguardia