La tesis fundamental de Keynes consistÃa en que las condiciones eran demasiado duras, prácticamente incumplibles, y que por ello la imposición de las mismas solo podÃa conducir a lo que ahora llamamos una fractura social de imprevisibles consecuencias, como asà ocurrió. Hitler y el nazismo fueron, en buena medida, hijos de la Conferencia de Versalles. Tan enconado fue el resentimiento que cuando Alemania invadió Francia al comienzo de la Segunda Guerra mundial, Hitler impuso que el armisticio se firmara en el mismo vagón de tren en el que varias décadas antes se habÃa firmado la rendición de Alemania.
Keynes participó en la Conferencia de Versalles como representante del Tesoro inglés, propuso un plan alternativo, mucho más razonable que el que prevaleció y, al no ser aceptado, dimitió de su cargo y escribió un libro de excelente prosa para explicar lo que ocurrió en la conferencia y sus previsibles consecuencias. Por una pirueta de la Historia, lo que los aliados impusieron a Alemania en 1919 se parece a lo que ahora Alemania impone a Grecia y al resto de los paÃses del euro en dificultades. Los alemanes saben, o deberÃan saber, que Grecia no puede pagar, de la misma manera que los aliados de entonces sabÃan, o deberÃan haber sabido, que a Alemania le ocurrÃa lo mismo: era imposible que pagara.
Keynes describe con maestrÃa los principales personajes del drama. De Georges Clemenceau, el jefe de Gobierno francés, dice que era un anciano que “ve los problemas en términos de Francia y Alemania, y no de la Humanidad y de la civilización europea luchando por establecer un nuevo orden”, y añade un poco más adelante: “De todas formas, el viejo mundo era duro en su perversidad: su corazón de piedra habrÃa podido embotar la espada afilada del más bravo caballero errante. Pero el ciego y sordo Don Quijote estaba entrando en una caverna donde su rápida y brillante espada estaba en manos de sus adversarios”.
A Grecia se le ha impuesto un ajuste que va más allá de lo razonable
Al presidente estadounidense, Woodrow Wilson, lo describe como un personaje bienintencionado, pero sin la envergadura polÃtica necesaria: “Su pensamiento y su temperamento eran esencialmente teológicos, no intelectuales, con toda la fuerza y las debilidades de esta manera de pensar, de sentir y de expresarse”. En definitiva, el deseo de revancha de unos y las idÃlicas buenas intenciones de los otros condujeron al fatal desenlace de la Conferencia de Versalles y a los acontecimientos que tuvieron lugar a lo largo de los años siguientes.
La situación actual guarda algunas semejanzas con aquella de hace casi un siglo. Lo más relevante, sin duda, es el pronóstico de las desastrosas consecuencias de la austeridad excesiva sobre el orden social o sobre lo que Keynes llamaba “la civilización europea”. El “pensamiento teológico” que Keynes atribuÃa al presidente estadounidense se parece bastante a la idea, ampliamente difundida en los paÃses nórdicos, de que hay que mantener a toda costa el tiempo y el perfil de los ajustes presupuestarios para forzar a los paÃses meridionales a llevar a cabo las reformas que no hicieron a su debido tiempo. PodrÃa, tal vez, añadirse: sin que las consecuencias de esta polÃtica tengan que importarle a nadie. Este razonamiento podrÃa tener sentido si los paÃses que gozan de estabilidad presupuestaria relanzaran su demanda para ayudar a los que tienen que pasar por las horcas caudinas del ajuste a cualquier precio, pero no lo tiene si los que deberÃan hacer ese esfuerzo no lo hacen.
La realidad es que a Grecia se le ha impuesto un ajuste que va más allá de lo razonable, independientemente de los errores pasados y presentes de sus polÃticos y de las reformas evidentes que la situación de ese paÃs requiere. Grecia necesita tiempo, y negárselo es jugar con fuego.
Por lo que a España se refiere, es indudable que el Gobierno actual ha emprendido el camino de las reformas; con mejor o peor fortuna, pero lo ha hecho. El problema que se plantea es que al reducirse la demanda interna a raÃz de los ajustes y la externa como consecuencia esencialmente de la polÃtica económica de Alemania, corremos el riesgo de entrar en una espiral deflacionista en la que el intento de reducir el déficit público en los términos acordados se haga cada vez más difÃcil por una caÃda de la actividad que reduce inexorablemente los ingresos e incrementa los gastos.
Sin embargo, el problema a medio y largo plazo de nuestra economÃa no es la deuda pública, sino la suma de esta y la privada. La llamada PII (posición internacional de inversión) nos dice que debemos al resto del mundo, en términos netos, el 90% de nuestro PIB: para reducir tan elevado endeudamiento necesitamos desarrollar nuestras exportaciones y necesitamos tiempo.
Es una lástima que en Bruselas no se hayan tenido nunca en cuenta los desequilibrios exteriores como indicadores de alerta de la falta de competitividad de algunos paÃses de la Unión. Ese 90% de nuestro PIB que debemos al exterior procede de la suma de los déficits por cuenta corriente que acumulamos la pasada década. Y aquà hay que hacer dos consideraciones: una, fundamental para España a largo plazo, que las cosas están mejorando notablemente en este apartado de nuestra economÃa, ya que este año terminaremos con un excedente en la balanza de bienes y servicios por primera vez en muchos años. La otra es que Bruselas deberÃa habernos llamado la atención cuando aún era tiempo de hacerlo y, de la misma manera, habérsela llamado a Alemania para que redujera su excedente comercial. Porque los equilibrios deben ser simétricos, y si nosotros estamos ahora tratando de recuperar el terreno perdido y marchar hacia el excedente exterior para honorar nuestras deudas, los paÃses del Norte, y Alemania en primer lugar, deberÃan reducir sus excedentes para que el conjunto de la zona se reequilibrase de manera armoniosa.
En vez de pensar en cómo restablecer los equilibrios fundamentales (no solo el presupuestario) a largo plazo, algunos parecen estar empeñados en dar lecciones morales a los otros sobre sus pasados errores, justificando asÃ, ante sus opiniones públicas, una polÃtica que para el conjunto de la Unión no conduce a ninguna parte. Pero las reformas están en marcha y de seguir con la misma polÃtica de imponer a los paÃses en dificultades unas polÃticas de excesivo rigor corremos el riesgo de un rechazo no solo de las reformas sino también, y de manera irreversible, de la idea misma de una Europa unida y solidaria. Es hora de aprender las lecciones de la Historia.
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