El Gobierno huye hacia delante confiando en que en algún momento la sangrÃa pare. La oposición critica al gobierno, pero esgrime soluciones de otro tiempo, de otro lugar. Los empresarios pidiendo vueltas de tuerca a las medidas que nos hunden más en el fango. Y los economistas compiten en análisis y propuestas archiconocidas. Dogmas, sólo leo dogmas, pero casi nadie se atreve a salir de su zona de confort y proponer ideas nuevas.
A veces cuando me preguntan suelo definirme (esta nueva exigencia de la sociedad posmoderna) como economista heterodoxo. No sé bien lo que significa, pero sólo he encontrado esa forma elegante de decir que estudié y enseñé economÃa en la facultad, pero reniego de buena parte de dichas enseñanzas.
La primera vez que fui consciente de ello estaba en mi primer año en la facultad, cuando un profesor nos dijo que la economÃa era una ciencia. ¿Una ciencia? Empecé a temerme lo peor pensando que los modelos y teorÃas económicas eran fruto de sesudos experimentos de laboratorio cuyas cobayas éramos los seres humanos. El método cientÃfico es lo que tiene, o al menos asà me lo explicaban mis colegas que estudiaban biologÃa y otras ramas de las ciencias de la naturaleza. Luego me di cuenta que no habÃa laboratorios escondidos en los sótanos de la Facultad. La realidad era un campo mucho más jugoso en ese sentido.
La segunda vez fue estudiando modelos de macroeconomÃa cuando nos explicaron la NAIRU (Non-AcceleratingInflationRate of Unemployment) o en román paladino la Tasa de Desempleo que no acelera la Inflación, también conocida como Tasa Natural de Desempleo. A pesar de las argumentaciones economicistas siempre me pregunté qué podÃa haber en la cabeza de alguien para decir que la tasa de desempleo igual a cero era un objetivo utópico y que siempre habrÃa gente en el paro como si fuese una maldición bÃblica. Y además no crean que su existencia era considerada negativa, sino todo lo contrario ¡La inflación es la inflación, oiga! Comenzaba a temerme lo peor.
Y la tercera fue ya ejerciendo la docencia cuando un dÃa fui interpelado por un alumno acerca de la ideologÃa inherente a los modelos económicos que se enseñaban en las facultades de economÃa. Aquella noche me quedé pensando y al repasar todos los modelos que llevaba tantos años aprendiendo y enseñando me di cuenta de que los supuestos de partida eran no sólo irreales -algo de lo que ya era consciente hacÃa bastante tiempo- sino que estaban basados en una ideologÃa muy concreta. La verdad es que aquel alumno llevaba razón: ¡Los modelos son todos un poco de derechas, profesor! Años más tarde un buen amigo, lúcido e inteligente como ninguno, me espetó que “si a las teorÃas económicas le quitábamos la ideologÃa lo que quedaba era mera contabilidad”. El cÃrculo terminó por cerrarse.
Desde entonces suelo desconfiar de los profundos y sesudos análisis de la mayorÃa de economistas (algunos de ellos convertidos en estrellas rutilantes de las tertulias radiotelevisadas) y mucho más cuando compruebo su biografÃa: dónde han estudiado y dónde trabajan. Y es que aunque los modelos económicos son en teorÃa construcciones y representaciones racionales que tratan de describir una realidad económica o explicarla o predecirla, más bien parece que pretenden construirla. Pero la transformación de la realidad es tarea de la polÃtica y no de la economÃa, salvo que alguien piense que hay unas leyes naturales que gobiernan la economÃa y por tanto son ineludibles, lo cual significarÃa inexorablemente que todos los paÃses están abocados a tener el mismo modelo económico y social. ¿O quizás alguien sà lo cree?
Dicen que los grandes lÃderes polÃticos del siglo XX fueron primero moldeados por las enseñanzas económicas que recibieron y luego se apoyaron en ellas para llevar a cabo sus transformaciones sociales. Mi visión es diferente. Más bien creo que los lÃderes e ideologÃas dominantes elevaron a la categorÃa de ciencia económica aquello que constituÃa su visión personal o partidista de cómo debÃa organizarse una sociedad. Los modelos no describÃan la realidad, sino que ajustaron la realidad para que se pudieran cumplir los modelos y tener legitimidad.
Resulta evidente que hay una forma de ver el mundo económico y polÃtico -¿hay alguna diferencia?- que ha triunfado. Una única visión económica ha resultado ser hegemónica. Unos la llaman neoliberalismo, otros conservadurismo económico, otros laissez faire, incluso hay quien se refiere a ella como la única polÃtica económica posible. Yo la llamo “Capitalismo Intervencionista Para Mis Amigos”. Aunque no soy un afamado economista trataré de describirla. Se trata de decir alto y claro que eres muy liberal, que los mercados por sà solos y sin intervencionismo estatal maximizan el bienestar social y que el Estado es ineficiente, caro y da más problemas que los que soluciona. Y al mismo tiempo, intervenir y regular desde el Estado (que por supuesto no lo haces desaparecer porque te gusta mucho el poder) a favor de los grandes poderes económicos, sociales y financieros que da la casualidad que suelen ser tus amigos. ¿No les suena?
Claro que, la otra visión que trataba de corregir los desmanes del Mercado -EconomÃa Social de Mercado llegó a llamarse- a través de un modelo impositivo y de un Estado de Bienestar, ha sucumbido de igual modo ante la voracidad de esos poderes fácticos -con los que también aprendieron a llevarse bien- que reclaman siempre más, y el hartazgo de la mayorÃa social cansada de ver cómo para ellos sólo acaban quedando las migajas de las comilonas.
Suele decirse que la economÃa se ha impuesto a la polÃtica. Y que toda solución a esta intensa crisis pasa porque la polÃtica vuelva a gobernar la economÃa. Es un espejismo. La economÃa no es un Dragón ni una criatura sobrenatural. La economÃa está regida por personas de carne y hueso, y por supuesto con ideologÃa. Y las personas con más poder consideran que ganar el máximo dinero posible es lo único importante y que además nadie, ni siquiera el Estado, tienen autoridad moral para exigirles otra conducta. Construyen modelos económicos o financian a quienes los elaboran, los aprenden y los difunden, para moldear la sociedad a su imagen y semejanza. Su gran victoria es hacer pensar a millones que pueden ser como ellos, pero tienen todo controlado para que sólo puedan ser siervos, nunca disfrutar de las mieles de ser amo.
Y sobre todo, estas personas controlan los resortes del poder, sin tener que presentarse a unas elecciones.En realidad no son banqueros, ni financieros, ni grandes empresarios, ni lÃderes del periodismo libre. En realidad son polÃticos y muy, muy conservadores. Si, polÃticos que gobiernan sin presentarse a las elecciones. Quieren una sociedad injusta, desigual, con cierto paro (al menos el suficiente para que la inflación esté bajo control) porque necesitan que sea asà para seguir ganando mucho dinero. La justicia social para ellos es sólo caridad y un eslogan que sacan a pasear a modo de gimoteo hipócrita en Navidad y otras fiestas de guardar.
A ojos de cualquiera es del todo incomprensible que, ante el abismo económico de los paÃses del Sur de Europa, la Troika no afloje las exigencias en materia de macroindicadores nominales. Se equivocan, dicen algunos analistas. Están ciegos, sostienen otros. No, es más sencillo. Están construyendo el mundo a su imagen y semejanza. Les importa más el euro, su riqueza relativa y controlar la inflación que la exclusión social, la pobreza y el infortunio de millones de europeos.
¿Podemos hacer algo? SÃ, dos cosas:
1º) Aprender a construir una nueva economÃa pública, colectiva y solidaria (no necesariamente estatal) que ponga a la persona y su felicidad en el centro de sus ideas como hace la EconomÃa del Bien Común o los modelos Peer to Peer (P2P) o los modelos cooperativos basados en el ProComún.
2º) Votar exclusivamente a quien esté dispuesto a ir a Bruselas no a arrodillarse ni a pedir árnica, sino a decirles que se ha acabado este juego macabro de experimentar con millones de personas como si fuésemos cobayas.







