En vísperas de que la institutriz Merkel se acercara a revisar cómo llevamos los deberes, el Gobierno Zapatero decidía asestar el golpe de gracia a las cajas de ahorro. Arguyen que son una antigualla que lastra la credibilidad del sistema financiero español en el exterior, donde los tenebrosos 'mercados' no se fían de su solvencia. Puede que lo último sea cierto, pero no justifica que se privaticen a toda prisa unas instituciones centenarias que han jugado una importante función social redistributiva. Su necesidad de capitalización no obliga forzosamente a transformarlas en bancos. La verdadera razón es que el poder financiero no podía consentir que unas instituciones sin ánimo de lucro coparan el 50% del mercado español.
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