Érase una vez una comunidad autónoma en la que coexistían dos grandes
cajas de ahorros, ambas procedentes de fusiones de entidades
provinciales, que se miraban de reojo mientras pugnaban por la hegemonía
regional. Hasta que, de repente, estalló la crisis. El Gobierno
autonómico, temeroso de perder la influencia sobre su sector financiero,
ejerció de celestino y obligó a ambas entidades a pronunciarse el sí
quiero pese a que sus redes se solapaban casi al cien por cien. No fue
un proceso fácil. Tuvo que superar unas negociaciones eternas que
encallaban continuamente en discusiones inacabables sobre la ubicación
de la sede, el reparto del poder, la designación de una marca comercial,
la integración de los sistemas informáticos o el doloroso ajuste
laboral.
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