Circular CCOO en Grupo Banco Popular
febrero 2010

LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES


Bueno, vale, no queremos exagerar. Tampoco se trata de que nos amen en el trabajo, pero por desgracia todavía son demasiadas las situaciones en las que las mujeres, simplemente por serlo, nos vemos obligadas a aguantar ciertos comportamientos y actitudes que distan de estar en la línea del trato igualitario con respecto a los hombres. Es más, muchas veces tampoco entran en las elementales normas del buen gusto o siquiera de la educación.


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Al llegar a una oficina a sustituir a un compañero ¿quién no ha escuchado frases “inocentes”, del tipo de “cómo hemos ganado con el cambio, tú eres mucho más guapa”, o bien “tú estás mucho mejor”? Pues bien, independientemente de que se presuponga que a todo el mundo le gusta que le digan lo guapo que está ¿es imaginable la situación inversa? ¿Cuando se incorpora un compañero alguien alude a su imagen? La respuesta es no.

 

Y dejando a un lado los clientes, a quienes se les aguanta muchas veces más de lo que se debiera por el bien de la empresa, tampoco son aisladas las bonitas frases que algunos jefes acostumbran a regalar, “Menganita, guapa, tráeme esto, llévame lo otro,…”. ¿Por qué a Fulanito no le llaman guapo?

 

Todo esto, como en la ópera, puede ir in crescendo. Hay superiores que tienen como costumbre cobrar un “peaje” a las compañeras recién aterrizadas, a modo de inexcusables comidas vis a vis, “para conocernos mejor, ya sabes…” o bien sugerencias de compartir la visita a clientes en horarios poco comerciales, o la petición del número del móvil “para tenerte siempre localizada”. Seguro que se os ocurren más sutilezas ¿verdad?

 

Lo que nos debe quedar claro es que eso no se puede consentir. Es una forma leve de acoso, pero ciertamente lo es. Vestimos como queremos, comemos con quien queremos y le damos nuestro teléfono y explicaciones de nuestra vida a quien nos dé la gana ¿está claro?

 

Hay cosas que no tenemos por qué tolerarlas, por muy compañero, o superior, que sea. Y es nuestro deber denunciarlas si las vemos o las sufrimos, pues el miedo no hará disminuir el acoso, sino todo lo contrario.

 

Por desgracia queda camino por recorrer, pero vale la pena seguir adelante. Ya es bastante duro el ejercicio de la profesión por sí mismo, para encima andar aguantando impertinencias de nadie, ya tenga nombre de poeta, de custodio, o de lo que sea.

 

Así que, simplemente, lo que se requiere es un poquito de empatía y consideración.

 

 

febrero de 2010